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Por Luis José

​Corría 2011 y trabajaba en una editorial que montaba un evento estelar en Los Ángeles, California. El grueso del equipo volaba en avión, pero a mí y a dos colegas nos cayó la lotería inversa: "Ustedes van en auto. Un Ford Fiesta". ¿El motivo? Ahorrar –un boleto aéreo por cabeza salía en miles de pesos– y, de paso, estrenar el subcompacto con kilómetros reales para pruebas. Elegidos por nuestra afición a las carreteras (o por mala suerte), nos lanzamos a un ida y vuelta de 4.500 km, cruzando fronteras y desiertos con el viento como único aliado. Spoiler: fue épico, sudoroso y una lección sobre por qué el A/C no es opcional en julio.Haz clic aquí para editar.
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​El Fiesta en cuestión: un hatchback verde de 1.6L, 110 hp y 1.100 kg de pura eficiencia urbana. Espacio justo para tres tipos altos (yo y un compañero rozando el metro noventa, el otro con porte de linebaker). Consumo de 15 km/l en carretera y suspensión firme que prometía devorar autopistas. ¿Suficiente para América? Averiguaríamos.
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Arranque Madrugador: De Santa Fe a Monterrey

Día cero, 5 de la mañana en Santa Fe, CDMX. Cita puntual, cafés en mano y playlist de rock alternativo cargado. Salimos por la Chamapa-Lechería, engullendo los 220 km hasta Querétaro por la México-Querétaro (Autopista 57, o "Central" para los locales). Tráfico caótico al inicio, pero el Fiesta se cuela como pez en agua: dirección ligera y estabilidad a 110 km/h.

De ahí, 180 km más a San Luis Potosí, donde el sol ya azotaba. "Oigan, ¿y si prendemos el A/C?", sugiero, con la camisa pegada al asiento. Respuesta unánime: "No jala". No mamen. Era pleno julio, rumbo al horno de Sonora y Arizona. El destino nos trolleaba desde el km 400.

Afortunadamente, el quemacocos panorámico salvó el día. Bajamos ventanillas lo justo para ventilar, pero el rugido del viento a alta velocidad –más el riesgo de piedritas voladoras– nos obligó a improvisar: solera arriba, música a tope y resignación total. Seguimos devorando 400 km a Monterrey, donde paramos a recargar con tacos al pastor. De ahí, el salto fronterizo: 500 km hasta Fort Stockton, Texas, cruzando en Nuevo Laredo. Paisaje mutando de verde potosino a llanuras texanas; el Fiesta absorbe baches como campeón. Noche en motel cutre, soñando con oasis.
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La I-10: Rectas Eternas y 47°C de Prueba de Fuego

Día dos: la Interestatal 10 se erige como nuestra serpiente bíblica. 1.200 km de asfalto hipnótico hacia el oeste, pasando El Paso y Tucson. El árido no describe ni la mitad; conforme avanzamos, llanuras se funden en dunas infinitas de Arizona y el Mojave californiano. Temperaturas rozando los 47°C, sin A/C, y nosotros tres como sardinas en lata caliente.
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​Paradas cada 200 km: galones de Gatorade vaciados en minutos (efecto deshidratante total, ni un pit stop para baño). En los rest stops, locales en pick-ups Dodge Ram o F-150s nos miran boquiabiertos: "¿Tres mexicanos en un Fiesta por carretera?". Explicamos el rollo, y estallan en risas. Para ellos, un subcompacto es toy citadino; para nosotros –en México o Europa–, es el corcel familiar. El Fiesta responde: estable a 120 km/h, pero el calor fríe los asientos de tela.
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​Tomamos la I-8 por 200 km hasta San Diego, donde el Pacífico regala un respiro de 25°C y brisa marina. Llegamos un 4 de julio: fuegos artificiales sobre la bahía, multitudes en shorts y aroma a barbacoa. Celebramos con IPA californiana y burgers jugosas en un dive bar –antídoto perfecto al infierno rodante. Esa noche, el Fiesta descansa como rey.
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De Tijuana a LA: Fronteras Suaves y Atardeceres de Palmeras

Pero el periplo no para. La editorial nos manda a Tijuana a recoger otro auto para el evento: 30 km de regreso por la I-5, y pum –de interestatal gringa a México 1 sin drama. Solo un letrero de "Bienvenidos a México" y desvíos aduaneros. Recogemos el vehículo, y rumbo a Los Ángeles: 200 km por la I-5, puro placer. Clima ideal (28°C), suburbs con palmeras idénticas a las de Polanco, atardeceres anaranjados y servicios cada 50 km (gas, Starbucks, lo que sea). El Fiesta devora curvas costeras con gracia, motor zumbando feliz sin yugo desértico.
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El Clímax en LA: Superdeportivos y Cumpleaños de Ensueño

El evento: clímax absoluto. Probamos superdeportivos en pista –Porsches Lamborghini, Viper, Corvette,  rugiendo a altas velocidades. Coincide con mi cumpleaños; ¿mejor regalo? Un Lamborghini Gallardo devorando asfalto. El Fiesta, nuestro humilde escudero, espera afuera como underdog triunfante.Post-evento, el A/C capitula del todo. Taller Fors: dos días de espera. ¿Mala suerte? Bendición. Exploramos LA en rental: Universal Studios (colas eternas, thrills garantizados), Walk of Fame con estrellas pisoteadas, y Santa Mónica para atardecer en el pier. Regresamos al Fiesta ya refrigerado –¡qué diferencia! Aire frío como oxígeno puro.
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El Regreso: Compras Texanas y Odisea Final

Retorno: 2.200 km directos a San Antonio por la I-10 (rectas hipnóticas, paradas en diners tex-mex). Compras rápidas –botas, salsas picantes, encargos de amigos– y 300 km más a Monterrey para crashar en hotel. Día final: 900 km a CDMX por la 57. Tráfico infernal cerca de la capital, pero el Fiesta llega entero, odómetro en +4.500 km y nosotros exhaustos pero eufóricos.
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Lección sobre ruedas actitud sobre potencia.

Un road trip no se mide en caballos de fuerza o lujo, sino en anécdotas sudadas y paisajes que queman la retina. El Ford Fiesta, héroe improbable, probó que para conquistar América basta con actitud, playlists y galones de agua. Si buscas tu odisea, arranca: el desierto espera. ¿Quién se apunta al siguiente?¿Has vivido un road trip loco en subcompacto? Cuéntanos en comentarios. Sigue Los Autocríticos para más crónicas sobre ruedas.
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​Imagina surcar autopistas sin límites, evadir atascos con atajos secretos y llegar a playas cristalinas en un monovolumen checo que lo hace todo posible. Este road trip de 1.200 km desde el corazón de Baviera hasta la idílica isla de Rab en Croacia no solo fue una aventura europea, sino una prueba de fuego para el Škoda Roomster: espacioso, eficiente y sorprendentemente versátil para cuatro viajeros con equipaje de sobra.
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El Compañero Perfecto: Conociendo al Škoda Roomster

Era el verano de 2014, y mientras visitaba a unos amigos en Alemania, decidimos emprender un road trip hacia las playas de Croacia, específicamente a la encantadora isla de Rab. Nuestro fiel compañero de viaje fue un Škoda Roomster, un monovolumen compacto de origen checo producido entre 2006 y 2015, que demostró ser ideal para esta aventura. Con su diseño versátil, ofrecía un espacio interior generoso: éramos cuatro adultos con todo nuestro equipaje —maletas, bolsas de playa, equipo de snorkel y provisiones— y cabíamos cómodamente sin sacrificar comodidad.
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​El maletero base de 480 litros se expandía hasta 1.780 litros abatando los asientos traseros, lo que nos permitió llevar todo lo necesario para una semana de relax sin problemas.Bajo el capó, contaba con un motor diésel 1.6 TDI de 105 CV, eficiente y robusto, con un consumo mixto de alrededor de 5-6 litros por 100 km —perfecto para un viaje largo, ya que nos ahorró paradas frecuentes en gasolineras y mantuvo los costos bajos, incluso en autopistas de alta velocidad. Este Roomster no era un deportivo, pero su tracción delantera y suspensión adaptada a carreteras europeas lo convirtieron en el aliado ideal para rutas mixtas: desde autopistas lisas hasta caminos secundarios irregulares.
Partida Tardía y el Caos de la Autobahn Alemana

Nos habían advertido que saliéramos temprano para evitar atascos, pero entre la "puntualidad mexicana" de algunos compañeros y mi jet lag persistente, partimos alrededor de las 10 a.m. desde Augsburg, una ciudad histórica a una hora al noroeste de Múnich, conocida por su arquitectura renacentista y como el hogar del Fugger, una de las familias bancarias más ricas de Europa en el siglo XVI. Entramos a la Autobahn, donde la mítica idea de conducir sin límites de velocidad se evaporó pronto: aunque hay tramos sin restricciones, el tráfico intenso lo hacía imposible. El atasco empeoró tanto que anhelábamos cualquier avance.
Afortunadamente, mis amigos locales conocían atajos por caminos vecinales —rutas secundarias limitadas a 100 km/h, pero fluidas—, que nos permitieron rodear Múnich a través de paisajes bávaros verdes y pintorescos pueblos con techos a dos aguas. El Roomster brilló aquí: su altura al suelo moderada y dirección precisa facilitaron las curvas estrechas sin esfuerzo.

Cerca de la frontera con Austria, a las afueras de Salzburgo —la ciudad natal de Mozart, famosa por su festival anual de música clásica y la imponente fortaleza Hohensalzburg, una de las mejor preservadas de Europa central—, volvimos a la Autobahn. Aquí, mi imagen idealizada de los alemanes como un pueblo respetuoso y ordenado se desmoronó: conductores rebasando por la derecha, usando el arcén como carril, tirando basura y colándose en las filas para los baños en las áreas de descanso. Parecían "chilangos" en Semana Santa rumbo a Oaxtepec (y lo digo como chilango: no todos somos así, pero quienes han vivido ese caos lo entienden).
Una Pausa Austriaca: Biergarten y Identidades Distintas

Finalmente, cruzamos a Austria alrededor de las 5 p.m. y nos detuvimos en un biergarten tradicional para recargar energías con schnitzel, salchichas y cerveza local. Aunque para un foráneo parezca una extensión de Alemania, Austria es un país distinto, con su propia identidad: su cocina resalta dumplings y strudels, y el alemán austriaco tiene acentos únicos (como "Semmel" en vez de "Brötchen" para el panecillo). Equipararlo sería como decir que México y Guatemala son idénticos solo por el español y las similitudes culturales —un error que podría ofender.Esta parada fue un respiro bienvenido para el Roomster, que hasta entonces había lidiado con el calor veraniego gracias a su sistema de climatización eficiente, manteniendo el interior fresco sin disparar el consumo de combustible.
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Noche en Liubliana: La Joya Verde de Eslovenia

Tras la pausa, continuamos hacia Eslovenia. En una gasolinera cerca de la frontera, compramos la viñeta obligatoria: una calcomanía adhesiva para el parabrisas que permite usar las autopistas eslovenas (costaba unos 15 euros por una semana en 2014). Eslovenia, que adoptó el euro en 2007, estaba en la Unión Europea desde 2004 y en el Espacio Schengen desde 2007, por lo que no hubo controles fronterizos con Austria.Llegamos de noche a Liubliana, la capital eslovena, una ciudad compacta y ecológica —nombrada Capital Verde Europea en 2016 por su compromiso con la sostenibilidad, incluyendo un centro peatonal libre de autos y vehículos eléctricos gratuitos llamados Kavalir—. Dividida por el río Ljubljanica, que según el filósofo local Slavoj Žižek separa irónicamente la "Europa civilizada" de la "barbarie", Liubliana es famosa por sus fuentes de agua potable (más de 20 en el centro, como la Fontana de los Tres Ríos Carniolanos) y su leyenda del dragón, símbolo de la ciudad que adorna puentes y escudos.

​Aparcamos en un estacionamiento céntrico y caminamos al hostal, aprovechando la mañana siguiente para un breve paseo. Es un destino subestimado con influencias austriacas, italianas y balcánicas, ideal para una visita profunda. El Roomster, con su bajo perfil urbano, se estacionó sin dramas en las calles empedradas.
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De Alpes a Mar: Paisajes Cambiantes en Eslovenia y Croacia

En Eslovenia, el paisaje alpino de los Alpes Julianos —hogar del monte Triglav, el pico más alto del país a 2.864 metros y un símbolo nacional que aparece en la bandera— se transforma gradualmente en mediterráneo, con viñedos y olivares. La arquitectura pasa de casas centroeuropeas con techos empinados a edificios sureños con tejas rojas.Cruzamos a Croacia, donde enfrentamos un control fronterizo (Croacia entró en la UE en 2013, pero no en Schengen hasta 2023). La autopista A1 nos sorprendió con túneles largos, como el de Učka de casi 6 km, que desembocan en puentes elevados con vistas vertiginosas al mar Adriático y las ciudades costeras —una sensación de vuelo entre la altura y el desnivel costero.

​El clima se vuelve totalmente mediterráneo: cálido y árido, con vegetación como cipreses y nopaleras introducidas desde América en el siglo XVI, usadas como ornamentales (ningún croata pensaría en asar nopales o comer tunas). En Croacia, la moneda era la kuna en 2014 (reemplazada por el euro en 2023), y las autopistas operaban con peajes en cabinas, no viñetas. El motor diésel del Roomster ronroneó con confianza en estas subidas pronunciadas, demostrando su torque generoso para adelantamientos seguros.
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Paraíso Insular: Llegada a Rab y Días de Relax

Casi al atardecer, tomamos el ferry desde el continente a Rab —un trayecto corto de 15 minutos con un ocaso espectacular—. Rab, conocida como la "Isla Feliz" desde la época romana (Felix Arba), tiene más fuentes de agua dulce que cualquier otra isla adriática, lo que la hace autosuficiente. Con 93 km² y playas de arena fina como Paradise Beach, o costas rocosas ideales para snorkel en aguas cristalinas, su casco histórico medieval recuerda a Venecia, ya que fue parte de la República Veneciana en el siglo XV y luego de Yugoslavia hasta 1991, en una región de fronteras volátiles.
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La gastronomía fusiona mariscos, influencias italianas y balcánicas —probamos pulpo a la parrilla y burek de queso—. Hicimos amigos locales que nos invitaron a su hogar y compartieron vino casero de un vecino; sin duda, saben vivir bien aquí. Nuestro Airbnb estaba a pocos kilómetros del puerto, perfecto para días de relax. El Roomster, con su capacidad off-road ligera, navegó sin problemas los caminos insulares empedrados hasta nuestro destino.
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El Regreso: Autobahn Libre y Reflexiones Finales

Después de unos días en Rab, emprendimos el regreso. Afortunadamente, el tráfico fue más fluido, exceptuando otro embotellamiento en Eslovenia, aunque al entrar a Eslovenia desde Croacia, los guardias —inusitados con pasaportes mexicanos— verificaron por teléfono que no necesitábamos visa para la UE. Una vez autorizados, continuamos directo, deteniéndonos solo para admirar los Alpes al atardecer.Al volver a Alemania, por fin experimenté la Autobahn sin límites: alcancé 180 km/h en el Roomster, aunque su enfoque familiar no lo hace ideal para velocidades extremas (un Yugo, el icónico auto yugoslavo de los 80, habría sido una opción retro divertida, pero poco práctica).
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​Este viaje no solo probó la versatilidad y eficiencia del Škoda Roomster —espacioso, económico y fiable en rutas mixtas—, sino que resaltó la diversidad europea: de autopistas germanas a costas croatas, un road trip inolvidable para cualquier apasionado de los autos. Si buscas un vehículo que combine practicidad con placer al volante, el Roomster es una joya subestimada. ¿Listo para tu propia aventura?
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Imagina esto: estás conduciendo sobre un lago congelado, con 600 metros de agua helada bajo tus pies, separado solo por una capa de hielo de 30 cm que parece demasiado delgada cuando un tráiler pasa rugiendo a tu lado. El termómetro marca -18°C, estás a 150 km de cualquier rastro de civilización, y el único sonido es el crujir de las llantas sobre el hielo. ¿Locura? Tal vez. ¿Épico? Sin duda.
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Manejando sobre un profundo lago congelado

Todo empezó con un impulso salvaje inspirado por Ice Road Truckers, esa serie de History Channel grabada en Yellowknife, Canadá. La idea de manejar sobre lagos congelados en busca de auroras boreales me atrapó. “Solo se vive una vez”, pensé. Días después, mi cuarto estaba lleno de cajas con ropa térmica, botas para nieve y abrigos, mientras mi laptop colapsaba con pestañas de hoteles, guías de caminos de hielo y agencias de renta de autos. Fecha marcada: principios de marzo.
Un viaje accidentado hasta el fin del mundo

Tras tres escalas, un vuelo cancelado y una noche extra atrapado en aeropuertos, llegué a Yellowknife, la ciudad más al norte de Canadá, donde la civilización choca con la naturaleza salvaje. Temperatura: un “cálido” -20°C. ¿La mala noticia? Mi maleta con ropa para el frío se perdió, y la aerolínea me “compensó” con… un cepillo de dientes. ¡Gracias, universo!

Al salir del aeropuerto, un aire helado con olor a diésel me golpeó la cara. Los cuervos, más vivos que cualquier otro ser en ese clima, graznaban felices. Les tiré unas galletas y, créeme, nunca vi pájaros más emocionados.
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Vista de Yellowknife, capital de Los Territorios del Noreste y la única ciudad en miles de kilómetros.

La Ford Flex y las reglas del hielo

En la agencia de renta, me pidieron una licencia internacional de manejo (nueva regla en Canadá, al parecer). Por suerte, la llevaba. Me asignaron una Ford Flex, un bicho raro: mitad minivan, mitad SUV, con tres filas de asientos y tracción integral. No fue un éxito comercial (desapareció tras una generación), pero para enfrentar caminos de hielo, era justo lo que necesitaba.

Pasé el primer día comprando ropa de emergencia mientras esperaba mi maleta. Descubrí que los supermercados de Yellowknife son sorprendentemente normales, como si el Ártico no fuera gran cosa. En el hotel, seguí las instrucciones de la arrendadora y conecté la Ford Flex a un enchufe en el estacionamiento. ¿Por qué? Los autos ahí tienen calentadores eléctricos para evitar que los fluidos del motor se congelen a -30°C. El pronóstico era -25°C, pero no quise arriesgarme.
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Ya sobre el hielo

Al día siguiente, con ropa nueva y nervios a tope, llegó el momento. A unas pocas cuadras del hotel, la calle terminó… en un lago. El Gran Lago del Esclavo, para ser exactos. Al ver barcos varados a los lados y sentir las llantas deslizarse, supe que estaba sobre hielo. La sensación es como manejar en lluvia, pero constante: tienes control, pero cualquier movimiento brusco es un riesgo. Frenar es un drama; el ABS se activa y necesitas mucha más distancia para detenerte.

Estaba conduciendo sobre una capa de hielo de 15 a 30 cm, con 600 metros de agua helada debajo (¡tres veces la altura de la Torre Latinoamericana!). Da vértigo, pero esa delgada capa soporta tráileres de toneladas. El camino, de 6.5 km, lleva a Dettah, un pueblo pequeño al que en verano solo llegas tras un rodeo de 25 km. Es un camino temporal, construido cada año para durar entre 90 y 140 días, con mantenimiento constante y revisiones diarias del grosor del hielo. A la entrada, un letrero indica el peso máximo permitido, que cambia según las condiciones.
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Tras cruzarlo varias veces, me di cuenta de que no es tan complicado. Es un camino local, seguro, por donde pasan desde un diminuto Spark hasta… ¡bicicletas! Ver el hielo transparente y el azul profundo del agua bajo las llantas es alucinante, aunque no necesitas ser un experto para manejarlo.
De paseo a las minas de diamantes

Pero no viajé al Ártico para manejar 6 km. Quería más. Decidí seguir los pasos de Ice Road Truckers y tomar un camino hacia las minas de diamantes. Salí de Yellowknife hacia el este. El pavimento se acabó pronto, y un letrero me dio la bienvenida al hielo con un “entra bajo tu propio riesgo”. El camino era ancho, como una autopista de cuatro carriles, lo que daba confianza. Aquí solo había tráileres pesados y algunas camionetas de trabajadores de las minas.
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El paisaje era una locura: blanco infinito, con una línea de árboles oscuros en el horizonte marcando el borde del lago. Cuando el cielo se nublaba, todo se volvía monocromático, como una película en blanco y negro. Al salir del lago, el camino se estrechaba. La grava ofrecía más agarre, pero las curvas, subidas y bajadas eran un reto, sobre todo con tráileres viniendo de frente a veces invadiendo tu carril.

Manejar en hielo es distinto al pavimento. El volante responde con retraso, y las llantas giran más de lo esperado, así que hay que ser suave y paciente. Si vas a velocidad moderada y no hay tráfico, el peor escenario es chocar contra un borde de nieve. Aprendí que los tráileres vacíos pueden ir a más de 20 km/h, y hay “carriles exprés” paralelos para que no estorben a los cargados. Para autos, el límite oficial es 110 km/h, pero los locales me contaron que, sin señalización, puedes ir más rápido… si te atreves.

La gran aventura: rumbo a Gamèti

No me bastó con las minas. Quería una aventura de verdad, así que apunté a Gamèti, una comunidad indígena a 420 km al norte de Yellowknife. ¡Eso sí era un reto! Los primeros 100 km fueron por una carretera pavimentada hasta Behchoko, en la nación Tłı̨chǫ, un pueblo cuya cultura gira en torno a la pesca en lagos congelados y la caza de caribúes. Ahí cargué víveres y le conté a un par de locales sobre mi plan, por si algo salía mal. “Un mexicano loco en el hielo”, pensaron, y no los culpo.
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Desde Behchoko, solo había caminos de hielo. El primer tramo, rumbo a Edzo, tenía algo de tráfico, pero al tomar la desviación a la derecha, me quedé solo. Solo yo, la Ford Flex y 300 km de nada. Los lagos se alternaban con tramos de tierra firme rodeados de bosques. Era como manejar en otro planeta.
Tras seis horas, llegué a Gamèti, exhausto pero feliz. Me quedé en una casa de huéspedes manejada por la comunidad, con comida incluida y una calefacción que te hacía sentir en un sauna. Compartí el lugar con trabajadores de minas y un ingeniero eléctrico que no podían creer que un mexicano estuviera ahí solo por manejar en hielo. “Loco”, me decían, y tal vez tenían razón.
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De vuelta a la civilización… y auroras

El regreso a Yellowknife fue bajo un sol brillante. Los lentes oscuros fueron mi salvación; el reflejo de la nieve puede cegarte, y en tramos donde el hielo se cubre de nieve, el camino desaparece. Aunque hay señalizaciones, el clima a veces las borra, y todo es un mar blanco.

De vuelta en Yellowknife, sentí que regresaba al mundo real. Esa noche, a solo 10 minutos de la ciudad, cumplí mi sueño: ver las auroras boreales. No estaba solo; decenas de turistas admiraban el espectáculo de luces danzando en el cielo. Fue mágico.
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Despidiéndome del Ártico

Antes de volver a México, exploré Yellowknife. Con -12°C, el clima hasta parecía cálido. Me uní a los locales en el festival Snow King, en una fortaleza de hielo sobre el lago congelado. Había esculturas de hielo, bandas de rock y country, una resbaladilla congelada y chocolate caliente servido en mesas de hielo. ¡Surrealista!

Devolví la Ford Flex sin un rasguño, y mientras esperaba mi vuelo, Yellowknife me despidió con copos de nieve perfectos, como los de una postal navideña. Me fui con el corazón lleno y una historia que contaré por siempre.

Luis José

Me encanta viajar en auto

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