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Imagina el momento exacto en que el banderazo cae en el Centro de Atención a Visitantes de Palenque. Es domingo 1 de marzo y el aire huele a selva húmeda y a gasolina de los buenos tiempos. Casi noventa tripulaciones, venidas de México, Europa, Centroamérica y más allá, alinean sus joyas sobre ruedas. El convoy se pone en marcha y, de pronto, ya no eres solo un piloto o copiloto: eres parte de un museo rodante que cobra vida entre pirámides y carreteras que serpentean como ríos antiguos.
La primera etapa, 358 kilómetros de pura precisión, conecta Chiapas con Campeche. Los autos clásicos desfilan lentos, a velocidad exacta, porque aquí no gana el más rápido, sino el que mejor lee el roadbook y mantiene el ritmo como si el reloj fuera un copiloto más. Una escala obligada en el restaurante La Higuera, donde el olor a comida yucateca se mezcla con el del aceite caliente de motores que han sobrevivido décadas. Al caer la tarde llegan a Calakmul. El sol se esconde detrás de la reserva y el silencio de la selva solo se rompe con risas de tripulaciones que se abrazan después de la meta. Registro en el hotel sede, cena libre y una noche que huele a tierra mojada y a camaradería pura.
El lunes 2 de marzo, la jornada se detiene para recordar por qué este rally es mucho más que un cronómetro. Visita guiada a la Zona Arqueológica de Calakmul, Patrimonio de la Humanidad, donde los autos aparcados parecen guardianes modernos de piedras que guardan mil años de historia. Por la tarde, el tradicional Festival de las Paellas, patrocinado por Internacional Gastronómica, convierte el lugar en una fiesta de sabores, risas y copas que se levantan por la amistad. Ahí, entre arroz y mariscos, se siente lo que Rodrigo Villanueva siempre repite: este no es solo un rally, es una forma de amar los autos clásicos y de devolverle al sureste mexicano un poco de lo que da.
El miércoles 4 de marzo llega la segunda etapa, más desafiante. Desde Calakmul, el desayuno en el hotel y otra vez el banderazo. La ruta baja hacia Champotón, con sus playas, cenotes y ese olor a mar que ya se siente en el aire. Los copilotos gritan tiempos, los pilotos ajustan el pie como cirujanos y los autos responden con nobleza: el Ford Pick Up Roadster 1929 de Benjamín de la Peña y Antonio Cicero marcando el paso en Categoría A, el Mercedes-Benz 220 1964 de los Amerlinck rodando con elegancia británica, los Porsche 911 de diferentes años rugiendo con ese sonido inconfundible que eriza la piel. Al final del día, meta en el Domo del Parque San Román, en plena ciudad amurallada de Campeche. Ahí, mientras se entregan los reconocimientos de las primeras etapas, el rally vuelve a mostrar su otra cara: las acciones de responsabilidad social. Sillas de ruedas, bicicletas para niños que van a la escuela, campamentos para chicos con diabetes. Porque, como dice Villanueva, “aquí no solo recorremos kilómetros, construimos historia”.
Las etapas siguientes (la tercera y cuarta) llevan al convoy por Yucatán, con Chichén Itzá como telón de fondo, hasta llegar al Caribe. Y el viernes 6 de marzo, la quinta y última etapa lo pone todo en juego: 183 kilómetros desde el Asta de la Bandera en Cancún hasta Puerto Morelos. Paisajes que cambian de selva a turquesa, calor que aprieta y la tensión de saber que un segundo de más o de menos puede decidir el podio. El Porsche 911 Targa 1978 de Jorge Luis Machuca y Estela Rascón va sumando con esa consistencia que solo tienen los que entienden el alma de la regularidad. Junto a ellos, el Triumph TR6 1975 de Alan del Blanco y Pedro Pueyo (España) luchando hasta el último metro, el Porsche 930 Turbo 1976 de José Antonio Arguimbau y Augusto Brogno apretando en Categoría D. Cada curva es un desafío, cada pueblo un aplauso, cada meta un suspiro de alivio y orgullo.
Por la noche, en el Ennea Grand Island Beach Club, llega la ceremonia de premiación y clausura, patrocinada por Porsche de México. Luces, mar Caribe de fondo y el trofeo Corazón Maya que brilla más que nunca. Los ganadores absolutos de la 12ª edición: Jorge Luis Machuca Rascón y Estela Rascón con su Porsche 911 Targa 1978. Segundo lugar absoluto para Alan del Blanco y Pedro Pueyo con el Triumph TR6 1975. Tercero, José Antonio Arguimbau y Augusto Brogno con el Porsche 930 Turbo 1976. Categoría por categoría, los aplausos retumban. Y entonces Rodrigo Villanueva toma el micrófono:“Estamos muy orgullosos de estar celebrando la culminación de la 12ª edición del Rally Maya México, que además de ser ya una de las carreras de regularidad de vehículos de colección más importantes del mundo, es promotor del sureste mexicano con todos sus atractivos turísticos, arqueológicos y culturales; además de ser un importante medio para encausar la responsabilidad social hacia las comunidades más necesitadas del sureste. (…) Tenemos ya la mira puesta en la siguiente edición”.
Al día siguiente, sábado 7 de marzo, el tradicional torneo de golf en el Iberostar Cancún Golf Club cierra la semana con swings, risas y el mismo espíritu de familia que se vivió desde Palenque.
El Rally Maya México 2026 no fue solo una competencia. Fue 1.426 kilómetros de precisión milimétrica, de motores que cuentan historias, de ruinas que susurran y de un Caribe que recibe con los brazos abiertos. Fue ver a un Ford de 1929 y a un Porsche de los 70 rodando juntos como si el tiempo no existiera. Fue paella al atardecer, niños tomando fotos con los autos en las plazas y la certeza de que, cuando el volante y el corazón van en la misma dirección, se crea algo que trasciende el cronómetro.Porque al final, eso es lo que Rodrigo Villanueva y todo el equipo buscan cada año: que no solo llegues a la meta… llegues siendo un poco mejor, con el tanque lleno de recuerdos y el corazón latiendo al ritmo del sureste mexicano.
¿Listo para la 13ª? Nosotros ya estamos contando los días.
El Rally Maya México 2026 no fue solo una competencia. Fue 1.426 kilómetros de precisión milimétrica, de motores que cuentan historias, de ruinas que susurran y de un Caribe que recibe con los brazos abiertos. Fue ver a un Ford de 1929 y a un Porsche de los 70 rodando juntos como si el tiempo no existiera. Fue paella al atardecer, niños tomando fotos con los autos en las plazas y la certeza de que, cuando el volante y el corazón van en la misma dirección, se crea algo que trasciende el cronómetro.Porque al final, eso es lo que Rodrigo Villanueva y todo el equipo buscan cada año: que no solo llegues a la meta… llegues siendo un poco mejor, con el tanque lleno de recuerdos y el corazón latiendo al ritmo del sureste mexicano.
¿Listo para la 13ª? Nosotros ya estamos contando los días.
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